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martes, 19 de julio de 2011

5', 50€ y una huida.

Con prisas llegué a la estación de tren. Mientras subía las escaleras apurada vi a los revisores. ¡Mierda!. Busqué entre mis bolsillos algo de dinero. No tenía. Me dispuse a llamar por teléfono. Me lo había dejado. Había quedado y tenía que pillar el tren sí o sí. Entonces, con descaro me acerqué a uno de los tres revisores y le propuse que me dejara viajar sin billete. El revisor con señales, de esas que pones cara de búho, me dijo que no podía porque estaba su supervisor y que pidiera dinero. ¿Pidiera dinero? ¡Jamás había pedido dinero!. Me senté en el banco, me sentía condenada a pagar aquella multa. La mujer de al lado tuvo curiosidad y me preguntó qué me pasaba. Se lo conté con desgana. La mujer, de pronto sacó su monedero y entre tanto billete que pude observar, sacó el más pequeño, 50 euros. -Vete a comprar el billete ¡anda!, me dijo. Estaba flipando. Insistió. Le dije que jamás había aceptado nada de un desconocido. Acepté.  Me lo fui a comprar. 
¿Sabes lo que más me impactó de esta historia? No fueron los 50 euros. No fue que me podía haber ido perfectamente con ellos. No fue el valor del dinero. Fue lo que vino después. Lo impactante fue cuando al darme el cambio la máquina y dirigirme de nuevo al banco, la mujer ya no estaba. Me puse muy nerviosa. Más que cuando sabía que tenía que pagarle a los revisores. No podía quedarme con ese dinero. Yo al menos no. Me puse a mirar y la encontré bastante lejos de la entrada. Fui casi corriendo. Se lo devolví con una sonrisa y un muchas gracias. Vino el tren. Me quedé sorprendida. ¡Le dio igual! Todavía me pregunto si a aquella señora le sobraba el dinero o si le recordé a algún hijo suyo despistado. Creo que estuve pensando toda la tarde. También sabía que eso no ocurría todos los días, quizá nunca más ocurra. Cinco minutos duró todo. Cinco minutos se pueden convertir en todo. Pero ¡qué coño!, ¡Le importó una mierda el dinero!.