Cualquier cafetería, aunque fuera
más grande o más pequeña, con más o menos gente, a ella le daba igual, iba a
mantenerse fiel a sus formas y sobre todo a su compostura, jamás la perdía y el
mínimo descuido podía suponer la consecución de unos minutos meditando sobre el
meticuloso fallo que según ella había cometido.
Así que se sentaba en aquella
silla llena de historias y se disponía a tomar el café. Cuando este era
servido, cogía el sobre de azúcar y vertía su contenido. Podía dar la sensación
de que aquella era una simple acción, pero la historia de su vida y la de cómo
se tomaba el café iban unidas. Verás, cuando cogía la cuchara y la vertía para
remover el azúcar se traducía a que ella tenía que poner las cartas encima de
la mesa, cada giro representaba un recuerdo, el pasado, aquello que nos enseñó
a ser como somos hoy, el movimiento perfecto de la cuchara al regresar al plato
del café se refería a aquello que un día tuvo que aceptar que ya pasó, todo en
su mismo recorrido, ningún fallo. Cuando terminaba, cogía el café, con sus
delicadas manos y se lo llevaba hacia sus labios, quería que fuera perfecto, lo
era, mucho tiempo ensayando supongo, mucho tiempo saboreando bien los cafés con
quien tomaba, y este obviamente volvia a su misma posición inicial, con el
brazo de la taza señalando la misma dirección anterior, todo esto sin mover ni
tan solo un músculo de su cuerpo simplemente observaba y fruncía la ceja cuando
intentabas atravesar esa gran, coraza.

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